En primer lugar, mis más expresivas gracias a la Real Academia
Española y al Instituto Cervantes por haberme invitado a participar
en esta serie de actos. Hago extensivo mi agradecimiento a los
organizadores del Congreso y a los que llevaron a cabo la ingente
labor de acomodarnos en aviones, autobuses y hoteles.
En sesiones plenarias, mesas rendondas y paneles, diversos ponentes
han abordado ya el tema general del futuro de la lengua española
desde múltiples ángulos, de manera que es poco lo que queda por
decir sin caer en repeticiones. Tal vez habría que enfocar la
cuestión desde el punto de vista de lo que se ha logrado hasta el
presente, lo mucho que queda por hacer y algunas maneras de lograrlo.
La Academia Española, como nos ha informado en estas sesiones su
director, D. Víctor García de la Concha, ha trabajado intensamente
en los últimos tiempos en la ya publicada Ortografía, en la
vigésima segunda edición del DRAE, recién salida del horno, en
adelantar la preparación de su Diccionario panhispánico de dudas y
de la nueva Gramática, y en consensuar estas obras con las academias
hermanas, directamente y a través de la Asociación de Academias,
como manera práctica y eficaz de contribuir a la unidad del idioma.
Las academias de América han colaborado activamente en muchas de
estas labores. La nuestra, la Norteamericana, ha arrimado el hombro a
las iniciativas de la RAE, además de contribuir en forma general al
fomento y difusión de la lengua española a través de sus
publicaciones (el Boletín y las Glosas), así como con actos y
conferencias, evacuación de consultas y otras actividades afines.
El Instituto Cervantes, por otra parte, prosigue y amplía su
fecunda labor de enseñanza y fomento del español por todo el mundo
mediante asambleas, coloquios, actos culturales, uso de medios
audiovisuales e informáticos de difusión, así como con sus cursos
de estudio y sus magníficas bibliotecas. Otros medios
extraacadémicos, como el Departamento de Español Urgente de la
Agencia EFE, la revista neoyorquina "Apuntes", el foro
internético "Medtrad" y su revista "Panacea", la
"Página del Idioma Español" (también de la Red) y otros,
han colaborado en el esfuerzo por informar y asesorar sobre el buen
uso del español. Nunca ha habido tan intenso esfuerzo desplegado en
pro de nuestra lengua.
Por lo que respecta a Estados Unidos, se nos plantea la disyuntiva
inquietante de aceptar pasivamente la propagación del espanglés, o
Spanglish--que a su vez está íntimamente ligado al uso cada día
mayor de los anglicismos--o bien tratar de combatir lo uno y lo otro.
El Spanglish fue, sobre todo al principio y como ha señalado en estas
sesiones el Dr. Odon Betanzos, director de nuestra Academia, un
fenómeno sociocultural que afectaba particularmente a las capas menos
escolarizadas de la población hispana, las cuales lo usaban como un
recurso necesario para desempeñarse en el medio anglosajón
mayoritario. Ahora bien, los hijos, para quienes el español no era ya
su lengua nativa, buena o mala, tuvieron que estudiarla, a menudo de
mala gana. Los nietos, en muchos casos, ni lo hablaron ni lo
estudiaron. Pero conviene hacer notar que, junto a este sector,
existían y existen otros grupos de emigrantes de casi todos los
países de Hispanoamerica, muchos de ellos integrados por
profesionales y por gente que conoce su lengua materna. A éstos les
interesa sobremanera el uso y perfeccionamiento del idioma español, a
la par que el dominio del inglés. Es, pues esencial, que propaguemos
la idea de que ser bilingüe no es necesariamente equivalente a ser
deficiente en el uno o el otro idioma. El hispano en Estados Unidos
debe aprender bien el inglés como lengua del país que lo ha acogido;
pero cultural, anímica y económicamente, le conviene conocer
igualmente bien su lengua de origen. Este es un objetivo factible,
como lo demuestran los numerosos hispanohablantes plenamente
bilingües..
En Estados Unidos, paralelamente a la contaminación del español
por el inglés, existe, además, el afán cada vez más difundido y
arraigado de entendernos sin trabas todos los hispanohablantes y de
perfeccionar nuestro español. Aunque por razones distintas, hay
también, entre muchas de las empresas estatales y comerciales
norteamericanas, el deseo de presentar al publico hispanohablante sus
escritos en un español universal.
La Comisión de Traducciones que presido ha colaborado
estrechamente con varias entidades en la preparación de versiones en
español de publicaciones importantes, entre ellas el Glosario del IRS1
(Internal Revenue Service, o Servicio de impuestos sobre la renta). en
el que se indica no sólo la terminología española tradicional, sino
también la del sector puertorriqueño de EE.UU. En su día, esa
traducción tuvo una calurosa acogida, por su redacción clara y
utilidad práctica, y hace pocos días, al colaborar en la traducción
de la pagina web de un banco neoyorquino, que seguía utilizando la
citada traducción a manera de guía, tuve ocasión de comprobar que
sigue en vigencia, al parecer intacta,
Otro manera de ayudar a corregir entuertos es la asistencia a
reuniones de profesionales, como la que tuve el placer de asistir hace
unos años. Se trataba de un Congreso Interamericano de Neurología,
para el que se me pidió que preparara una ponencia. No cito esto con
fines de darme bombo, sino como otro ejemplo de posibilidades de
acción. Como ha sucedido en este mismo congreso, los organizadores de
aquel encuentro creyeron conveniente publicar todas las ponencias
antes de inaugurarse las sesiones. A mí me pareció que esto daría
una excelente excusa a los concurrentes para irse a la playa o de
compras, en vez de asistir a las sesiones, cosa que sucedió en
algunos casos, aunque todavía acudió al acto un nutrido número de
neurólogos de España y de Hispanoamérica. Así pues, llegado mi
turno de hablar, les leí apenas el preámbulo de mi ponencia y
seguidamente les indiqué, para no aburrirlos, que podían ver el
resto en la versión impresa repartida de antemano y que probablemente
ya habrían hojeado. No queriendo repetirme, cambié de tema, y les
hablé de los errores léxicos y sintácticos, anglicismos,
espanglicismos, etc. que había observado en sus ponencias. Me abstuve
de nombrar a los autores, para que nadie se ofendiera, y más bien
traté de analizar los extravíos lingüisticos y de ofrecerles la
terminología adecuada. La charla tuvo muy buena acogida, y varios de
los concurrentes expresaron su agradecimiento, a la vez que alegaban
diversas razones para haber caído en tales trampas, las cuales
constituyen capítulo aparte, que he detallado en otras comunicaciones.
La charla se publicó en Apuntes2 y se reprodujo en
La Página del Idioma.Español.
El influjo distorsionador del inglés, no sólo desde el punto de
vista léxico sino también—y para mí más importante—del
sintáctico, no se limita a los EE.UU., sino que parece afectar
profundamente a los demás países de América y, en forma
sorprendente a España3. De la madre patria,
nos llega y asombra el uso cotidiano de anglicismos innecesarios como parking,
airbag, marketing, pin, bit, byte. Todos estos extranjerismos, y
muchos más que sería prolijo citar, tienen buenos
equivalentes en España4,5y sobre todo en América6,7
(respectivamente, aparcamiento en España, estacionamiento en América;
bolsa o cojín de aire; mercadotecnia, mercadeo, comercialización;
alfiler o insignia de solapa, bitio, octeto—este último aparece ya
en el nuevo DRAE). Por cierto, el otro día, en una de las
sesiones de este congreso, se afirmaba tajantemente que en español no
se había encontrado un vocablo que pudiera reemplazar a software. Tal
vez no se haya encontrado en España, cuna del idioma, pero sí en
América, y no un solo equivalente, sino varios: programas
informáticos, programería, programática. A los extranjerismos
innecesarios se une ahora el uso y abuso de costumbres deformantes de
la lengua, como la creciente eliminación del artículo determinado (el,
la, los, las) y el uso impropio del indeterminado (uno, una,
unos, unas), así como la utilización antes desacostrumbrada (excepto
con fines muy limitados) de la voz pasiva, los pronombres
personales y posesivos como a la inglesa, la creciente
transmutación de verbos transitivos en intransitivos y viceversa, la
adopción de cognados, o falsos amigos8,9, tanto en
el habla y la escritura comunes como en la científica y técnica.
Estos usos extranjerizantes plantean cada día más obstáculos al
entendimiento internacional y a la unidad del idioma español.
Como traductor de muchos años y como observador de siempre, siento
desazón ante estos "progresos" léxicos y gramaticales,
necesarios en algunos casos, pero totalmente innecesarios en la gran
mayoría de ellos, y que además vienen a desvirtuar modos
tradicionales de decir las cosas. Lo curioso y doblemente preocupante
es que esto suceda, no por imposición forzosa del inglés, sino
porque los hispanohablantes mismos se están dejando arrastrar por el
inglés sin oponer resistencia—al contrario, en muchos casos con el
beneplácito de quienes lo consideran inevitable e ineludible, por lo
que no tienen empacho en arrinconar lo suyo. En este mundo "globalizado"
puede que el inglés sea efectivamente el idioma de intercambio
mundial, pero no debiera serlo también "en casa"--dentro
del ámbito nacional de cada país hispanohablante.
En el campo de la ciencia y la tecnología, primero fuimos nosotros,
los traductores de EE.UU., quienes estuvimos durante dos o tres
decenios, y hasta la llegada de la Internet, en la primera línea de
encuentro y choque con las innovaciones del inglés. Nos vimos ante la
necesidad de adoptar la nueva terminología o buscarle equivalentes en
español. Ya entonces comprendimos que había muchos conceptos y
novedades de origen anglosajón que no tenían equivalentes en
español; pero otras veces sí los había y algunos traductores no
querían molestarse en buscarlos. La lengua inglesa produce anualmente
miles de neologismos (unos 25.000, de los cuales quedan en los
diccionarios de inglés alrededor de 8.000)2 Se
necesita correr mucho para alcanzar a esa proliferación de palabras
nuevas, y lo cierto es que siempre existe un considerable retraso para
encontrar términos adecuados, no sólo en español sino en otras
lenguas. ¿Qué hacer ante esta apremiante realidad? Preferiblemente,
lo que hacía Alfonso el Sabio en la Escuela de Traductores de Toledo
con respecto al hebreo y al árabe: buscar una palabra en español que
recogiera la idea de la lengua extranjera, y si no inventar un
término que pudiera entenderse fácilmente, y poner a continuación,
entre paréntesis, el termino foráneo, para que nadie se confundiese.
Con el tiempo, ese término sería aceptado o superado por otro más
apropiado. Pero mientras tanto, servía para que se entendiera lo que
decía el original. En términos modernos, este proceso es susceptible
de gran difusión y aceleración, gracias
a la Internet. Otra vía de avance es la de acudir a la ayuda de
los más entendidos en materia científica y técnica. Juntamente con
los académicos y expertos del ramo, lingüistas, lexicógrafos,
gramáticos y traductores extraacadémicos, se podría llegar a un
consenso sobre el nombre que haya de dárseles en español a los
tecnicismos del inglés.
Precisamente, la difusión mundial de anglicismos y espanglicismos
ha tenido mucho que ver con la facilidad con que éstos se transmiten
por correo electrónico y directamente por la Internet. Pero esa misma
facilidad se puede utilizar para una labor de propagación de los
buenos usos del español, cosa que ha empezado a hacer la RAE desde su
sitio internético, pero que debería ampliar todavía más, de manera
de dar cabida a toda clase de opiniones de gente interesada por la
lengua española.
Un ejemplo notable de intercomunicación y preocupación por el
idioma es el foro internético Medtrad, creado por un grupo de
médicos traductores y traductores médicos, que si al principio se
limitaba a la ayuda mutua en las faenas cotidianas, poco a poco se ha
visto obligado a hacer frente, estudiar y analizar la terminología
del ramo, para encontrar equivalentes apropiados a las novedades
médicocientíficas del inglés.
En días pasados se ha debatido en ese foro, con más de 75
intervenciones, cómo se debe llamar en español el término inglés anthrax
(en español "ántrax") tan citado en la prensa
española y la hispanoamericana. Las investigaciones del grupo parecen
indicar que el anthrax del inglés se llama, o llamaba, en
español, dentro del campo de la medicina, "carbunco"; en
cambio, en inglés existe también el término "carbuncle",
que corresponde a lo que en español se llama "ántrax". Es,
pues, en el ámbito médicobiológico, todo lo contrario según que
hablemos un idioma o el otro. Ahora bien, como señala otro "medtradario",
el ántrax del español tiene también el significado del inglés,
sobre todo en el uso coloquial. Esto nos lleva a la reflexión de que
convendría recomendar a los periódicos, la TV y las agencias de
noticias, por ser a menudo los que difunden estos "equivalentes",
que cuando tengan dudas sobre un término científico o técnico
consulten a un profesional y, si aún queda alguna duda, a varios
expertos, que de seguro los asesorarían de buen grado.
Es también inprescindible que en toda decisión sobre cómo
bautizar "en cristiano"a los neologismos ingleses participen
plenamente los países hispanohablantes de América, a efectos de
poder internacionalizar todavía más el español. Si logramos que un
término consensuado se use en todos esos países para la
comunicación internacional, habremos alcanzado una gran victoria.
Después, que cada cual, en su fuero interno, es decir dentro de su
país, diga lo que esté acostumbrado a decir, pero que disponga de un
término universal para comunicarse con España y con sus hermanas de
América. Esta tendencia hacia la unificación del idioma a escala
internacional se manifiesta también en el inglés de nuestros días
por el hecho de que el Gran Diccionario de Oxford, preparado y
publicado en Inglaterra, haya contratado recientemente a un
norteamericano para formar parte de su "Board of Editors", o
Junta Editorial, además de la multitud de colaboradores con que
contaba ya en EE.UU. Eso parece confirmar mis sospechas de que la
mejor manera de lograr esa uniformidad consensuada será preparando
diccionarios impresos e internéticos que recojan, junto a la
terminología de las Academias, los equivalentes más utilizados en
cada país. Con esto se cumpliría la triple función de hacer saber a
todos los países que su habla se considera importante, a la vez que
se les presenta el equivalente de uso internacional; en tercer lugar,
los traductores de EE.UU. y del exterior—a quienes se les pide a
menudo que traduzcan para "un país latinoamericano determinado"—no
tendrían que ir buscando los equivalente del caso o, de necesitarlos,
los tendrían a la vista en el diccionario general. Esta táctica
habría que extenderla a los medios de difusión radial y televisiva,
y a la prensa escrita. Cada uno de estos medios debería contar con un
asesor, preferentemente de plantilla, que lo guiara o aconsejara en
materia de usos apropiados. Entre las agencias de noticias mundiales,
la EFE cuenta ya con un consejo de asesores de la RAE, además de su
Departamento de Español Urgente.
En EE.UU. empieza a cundir la dudosa costumbre de retraducir al
inglés lo que se ha
traducido de éste al español. Con ello se pretende que el cliente
norteamericano pueda determinar por su cuenta si la versión final en
español dice lo mismo que el original en inglés. Además de ser una
práctica costosa, la retraducción plantea nuevos problemas, pues
raras veces se puede traducir al español, palabra por palabra, lo que
dice el inglés. Y ese cliente, que generalmente no sabe español—o,
lo que es peor, sabe un poco—no es el más indicado para decidir si
la traducción es buena o mala, ya que no conoce a fondo el español,
ni es traductor. Por otra parte, si la traducción se hace palabra por
palabra, el resultado suele ser una versión anglicada.
Resumiendo: Todos, o casi todos los problemas que plantea la
hegemonía lingüistica internacional del inglés tienen solución, si
se encaran en forma resuelta y rápida—aprovechando el arma de doble
filo que nos brinda la Internet. El problema del