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Se publicó en Volumen 6, Número 1 Invierno de 1998 |
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La incidencia del espanglish ¿evolución o subordinación?
Leticia Molinero
En primer lugar, no pretendemos dar cátedra sino crear un diálogo con miras a explicar y aclarar los problemas de la traducción. No es la primera vez que publicamos una crítica de opiniones manifestadas por nuestro propio grupo editorial. De otra parte, creemos que Apuntes es una publicación en la que nos corresponde hilar fino. Es decir, si no lo hacemos nosotros los traductores, nadie lo hará por nosotros. El fenómeno del espanglish suscita otras cuestiones afines. Al ponerse de moda un término nuevo, muchos miran con desconfianza, e incluso arrinconan, los términos que se habían utilizado previamente. Es como si tuviéramos una relación de culpabilidad con nuestra propia lengua. ¿Por qué decir mundialización o universalización cuando podemos decir globalización, como en inglés? (Tengamos en cuenta que el inglés lo dice por razones intrínsecas de ese idioma, en el que resulta demasiado largo o farragoso usar cada vez el adjetivo "world-wide"; es decir, el inglés carece de una voz tan fácil y suelta como "mundial". No iba a decir "world-wid(e)ization". Tuvo que recurrir, pues, casi por fuerza, a "globalization"). Bueno, en este caso tal vez la pérdida de "mundial" y "mundia-lización" no sea tremenda, ya que hasta lo podemos justificar, como dice Sherr-y como ya señalá-bamos como probabilidad en nuestro comentario original (Apuntes, Invierno de 1997, Glosas: Global/global, por Jack Segura)- "relacionándolo con globo terráqueo". Es una manera de quedar bien con dios y con el diablo. Sin embargo, esta afición a justificar los anglicismos es peligrosa, dada la velocidad e irracionalidad del embate. Habrá casos en que sea prácticamente imposible traducir una palabra tan ubicua como "brunch", que suele dejarse en inglés en la hotelería internacional (¿o diremos hotelería global?). Es comprensible, por lo demás, siendo un término de cuño irreversiblemente inglés y un fenómeno social propio de Estados Unidos. Es decir, el "brunch" no es el aperitivo que se toma antes de un almuerzo de fin de semana, ni una cena fría, ni cosa parecida. El "brunch" es el "brunch", con derecho natural de exportación. Lo que tratamos de combatir es la avalancha de anglicismos innecesarios como los que invadieron la informática hace años, culminando con la ignominiosa página de "Computer Spanglish" y su no menos ignominioso glosario de esperpentos como deletear, uplodear, etc., a los que se trató de justificar con pretextos como "la falta de términos adecuados en el idioma español". Este tema lo hemos abordado varias veces en Apuntes, a partir del número de Otoño de 1995 (Spanglish y If My Mother Knew, She Would Kill Me). Por suerte, los grandes fabricantes de programas y equipos informáticos no cayeron en esa trampa mortal para el español y hoy tenemos glosarios que, si bien contienen algunas soluciones poco felices, por lo menos reflejan un esfuerzo consciente por defender la integridad del idioma. Pero el problema no se limita a la informática ni al extremo de publicar un diccionario de "computer spanglish", sino al calco impensado, al producto rápido e irresponsable de quienes no saben traducir o necesitan que se les dé el pan de cada día ya mascado (por quienes no hablan su lengua). Peor aún, el espanglish se debe muchas veces al esnobismo e irresponsabilidad de los medios de difusión que propagan palabrejas totalmente injustificadas como esponsorización (por patrocinio), doméstico (por nacional) y otras por el estilo. Componente insidioso del espanglish es la tendencia a rebajar el nivel de las comunicaciones al idioma coloquial. Es un fenómeno que ocurre en el español pero no en el inglés. Mientras que el inglés de los medios de comunicación mantiene su integridad y su nivel culto (standard English), los calcos innecesarios con que se salpica el español son muestra de subordinación cultural. Esta dependencia ha encontrado también su expresión extrema en boca de periodistas hispanohablantes que actúan en Estados Unidos y consideran graciosa la pro-liferación de coloquialismos del habla cotidiana, a lo que Apuntes ya respondió en su día con El espanglish y sus accidentes, por Odón Betanzos Palacios (Primavera de 1997). Daniel Sherr dice acertadamente que "al no ser oficial, la variante estadounidense del castellano no está normalizada y no debe servir de pauta de buen uso". Precisamente ahí, en la defensa del buen uso, es donde debemos atrincherarnos los traductores. Está en nuestras manos, en gran parte, mantener la integridad del español culto, ese español que no sólo nos ha permitido comunicarnos durante siglos a los 22 países que lo hablamos y escribimos, sino que ha sido vehículo de nuestra cultura, de nuestra manera de ser. Maltratarlo es maltratarnos a nosotros mismos. |
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