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Ponencia ante el XXXVII
Congreso de la ATA
Traducción comercial: Adaptación, localización y
literalidad
Reseña de Luis E. Quezada
Entre los numerosos talleres que se
ofrecieron durante la 38a Conferencia de la Asociación Americana de
Traductores (ATA), celebrada en San Francisco en noviembre pasado, hubo uno
sobre English to Spanish Translation for the Private Sector presentado por
Rogelio Camacho, Presidente de INT Translations, de México. Me pareció
interesante porque se refería a la traducción de textos publicitarios o
informativos para la población en general, circunstancias en las que el
traductor tiene que familiarizarse no solo con el vocabulario usado en la
región o país al que se destina el producto o impreso, sino también con
muchos elementos de la cultura local. Esta es una gran responsabilidad en
esta época de comercialización masiva y creciente mundialización, porque el
redactor publicitario, el periodista y el traductor son profesionales cuyo
trabajo va dando forma a la expresión oral y escrita de los millones de
habitantes que leen y escuchan el fruto de sus teclados, entre quienes hay
personas muy instruidas y otras de nivel educativo bastante precario. Somos,
ni más ni menos, formadores de cultura.
Camacho propuso dos ejercicios de
traducción comercial, uno sobre un aviso distribuido por una compañía de gas
y el otro sobre un producto farmacéutico, para que los concurrentes lo
tradujéramos de inmediato. Al comienzo, viendo la traducción que se iba
generando en forma colectiva bajo la guía del instructor, me dio la
impresión, en algunos casos, de que se estaba cayendo en la literalidad.
Ante la objeción, Camacho fue explicando, con los ejemplos que se citan más
abajo, que no se trata tanto de literalidad, sino de cuidar la
responsabilidad civil del empresario cliente o bien de preferir los términos
de uso generalizado entre el público, aunque posiblemente de menor propiedad,
a fin de que la traducción no suene extraña.
Esto me resultaba curioso, en cierto modo,
porque siendo traductor del Banco Interamericano de Desarrollo, estoy
acostumbrado a redactar mis traducciones usando un español neutro,
prescindiendo de localismos, a menos que lo exija el proyecto de que se
trate, porque los documentos son principalmente estudios socioeconómicos y
financieros destinados al Directorio del Banco, a ministros de economía o
hacienda y sus asesores y a otras autoridades de los numerosos países
miembros de la institución, y todos ellos deben comprender bien el texto a
fin de estar en condiciones de aceptar o rechazar los préstamos, que suelen
representar muchos millones de dólares.
Pero vamos al grano. Como decía, uno de los
textos que usó Camacho en el seminario como ejercicio de práctica se
titulaba Beware of carbon monoxide's dangers y pidió voluntarios para ir
traduciéndolo colectivamente. La primera frase decía: Carbon monoxide is an
odorless, colorless gas. You can't see, smell or taste it, but it's deadly
when inhaled! Algunas de las traducciones que se ofrecieron fueron algo como:
"El monóxido de carbono es un gas sin olor ni color. No se puede ver ni oler
ni saborear, pero es mortal cuando se aspira." Camacho comentó que la
traducción estaba correcta, pero que era muy impersonal. Añadió que los
redactores publicitarios de las empresas industriales gastan miles y miles
de dólares en sondeos de mercadotecnia para redactar sus textos comerciales,
y quieren que la traducción sea total y absolutamente fiel al mensaje que
desean difundir. En la segunda frase, el original adopta un tono directo y
casi personal con el consumidor: You can't see, smell or taste it. La
traducción de Camacho fue: "El monóxido de carbono es un gas inodoro e
incoloro. No puede verlo, ni olerlo, ni saborearlo. ¡Pero es fatal cuando se
inhala!" Explicó que prefirió omitir el sujeto "usted" por ser obvio. Yo
traduje la segunda frase de la siguiente manera: "No se puede ver ni oler ni
tiene sabor", y creo que resulta más natural, aunque no se dirija
directamente a "usted". Algunos preferimos no usar las palabras "inodoro" e
"incoloro" por la insistencia de mantener bajo el nivel de complejidad de la
redacción, pero el instructor prefirió usarlas.
La siguiente frase decía: To help protect
yourself from the dangers of carbon monoxide, make sure your gas appliances
are operating safely and efficiently. La traducción que escribí en los
breves minutos que tuvimos, fue: "Para cuidarse del peligro del monóxido de
carbono, compruebe que sus artefactos de gas estén funcionando en forma
segura y eficiente." Sin embargo, alguien propuso iniciar la frase diciendo
"Para protegerse de los peligros...", a lo que otra persona observó que no
podía omitirse el verbo help, porque había que dejar en claro la
responsabilidad del consumidor de cuidarse al usar el producto; vale decir
que la empresa de gas asume una responsabilidad que se limita a entregar gas
de calidad y en buenas condiciones al usuario y de "ayudarle" a protegerse
de los posibles peligros, pero el usuario es el responsable principal de su
propia seguridad. Esta responsabilidad es la que debe reflejar la traducción,
especialmente a la hora de los juicios y la intervención de las compañías de
seguro. De modo que habría que decir "Para ayudarlo a protegerse . . ." Con
este ejemplo se comprueba que, a veces, es necesario ser literal. Una cosa
es traducir el original de modo elegante y estilísticamente correcto, pero
otra cosa es leer entre líneas las responsabilidades judiciales y
pecuniarias cuando se trata de productos cuyo uso pueda representar cierto
riesgo para alguien. En casos como éstos, el traductor tiene que dialogar
detenidamente con el autor del texto, a fin de enterarse de las razones
legales que haya tras la redacción del original.
Otro texto que utilizó Camacho era un
folleto de una compañía farmacéutica. Una de sus frases decía: ECPs prevent
most pregnancies if they are used correctly soon after unprotected sex. Las
"ECPs" son, según Camacho, "pastillas anticonceptivas de emergencia" o "PAE"
que, en ciertas circunstancias, pueden usarse "a la mañana siguiente". La
primera dificultad surgió al determinar si era mejor usar la sigla en inglés,
"ECPs", que seguramente aparecería en el empaque del producto, o su
traducción "PAE". Luego de diversas razones expuestas a favor y en contra de
cada caso, Camacho aconsejó decidirlo en consulta con el redactor
publicitario de la empresa. Luego surgió otra disyuntiva: "píldoras" o "pastillas".
Varios nos inclinamos por la primera opción y otros por la segunda. Camacho
explicó que, siendo ambas correctas, él prefirió usar "pastillas" porque
consultó con numerosas mujeres para enterarse de cómo les llamaban ellas, y
con farmacéuticos o dependientes para corroborar cómo las pedía la gente, y
concluyó que casi el 90% las llamaba "pastillas".
Este ejemplo le sirvió para insistir en la
necesidad de la consulta continua y sistemática del traductor con el
redactor publicitario, por dos razones primordiales: en este diálogo el
traductor tiene la oportunidad de exponer sus razones lingüísticas y el
redactor, sus razones legales o comerciales. Si hay divergencia, suele
prevalecer la posición del redactor, que seguramente será quien autorice el
pago al traductor. Hay que recordar que los lingüistas somos contratados
para complacer al cliente entregándole el mejor producto que seamos capaces
de producir, sin traicionar la intención que él quiso expresar en su escrito.
A propósito de Traduttore, traditore, es
cierto que el traductor vierte en su traducción el entendimiento bueno o
malo que tenga del tema, su vocabulario y su estilo, lo cual a veces, por
falta de comunicación con el autor y con personas representativas del
auditorio destinatario, lo hace apartarse algo o mucho del sabor o la
intención del original. De modo que tratándose de traducciones comerciales
en las que se requiera interpretación libre, adaptación intercultural o
responsabilidad judicial o pecuniaria, el traductor se transforma, a su vez,
en redactor comercial en el idioma de la traducción, y al tratar de expresar
fielmente el propósito del mensaje original, a veces tiene que ser literal y
otras irse al extremo contrario para "localizar" su redacción y adaptarla al
uso lingüístico de la clientela potencial. Del mensaje traducido dependerá
el éxito o fracaso del producto y hasta de la propia empresa entre la
población destinataria, de modo que el traductor no querrá asumir esta
responsabilidad propia del redactor publicitario.
En el BID, los traductores solemos
consultar con los autores de las propuestas de préstamo, que a veces son
varios y cuyas lenguas maternas no siempre son aquellas en las que tienen
que redactar. Es decir que son técnicos y profesionales en sus
especialidades, pero no necesariamente en redacción de informes, de modo que
para nosotros, más decisiva que la posibilidad de ser mal interpretada la
traducción por los destinatarios (técnicos y autoridades de gobierno), es la
necesidad de captar fielmente lo que los autores del documento quisieron
expresar. Naturalmente, combatimos la literalidad a brazo partido. No hay
duda de que el traductor trabaja con ideas ajenas, pero al expresar esos
conceptos en su propio idioma, se convierte en la nueva pluma viva con que
el autor ejercerá, ante un nuevo auditorio, el poder de la palabra.
Comentario de Jack Segura:
Las recomendaciones del Sr. Camacho en
general me parecen muy acertadas, pero en el ejemplo de la traducción
referente al monóxido de carbono, me deja con algunas dudas.
En primer lugar, los clientes
norteamericanos, especialmente los que saben un poquito de español, a menudo
utilizan la excusa de la responsabilidad comercial o jurídica para obligar
al traductor a ceñirse literalmente al inglés. Cualquiera que haya leído
anuncios redactados originalmente en español-no traducidos del inglés-habrá
advertido que nunca, o casi nunca, incluyen términología como "compruebe que",
"asegúrese (de) que" (please ascertain) (make sure that). Lo mismo o algo
parecido sucede con la repetición interminable de "puede" (may), que en la
mayoría de los casos no tiene base jurídica ni comercial, sino que es la
expresión palpitante de un complejo, más bien norteamericano que anglosajón,
de no afirmar nunca nada ni hacerse responsable de nada. En español es más
común indicarle al cliente o al paciente directamente lo que tiene que hacer
(que al fin y al cabo es lo que quiere saber), sin recalcárselo de antemano
como una obligación. Así decimos: "Tome estas pastillas dos veces al día."
"Tape la botella después de usarla." O a lo más: "No se olvide de tapar la
botella", aunque esto empieza a sonar anglicado. Si el cliente o el paciente
hacen lo que se les recomienda, no tienen por qué asegurarse de que deben
hacerlo. ¿Qué pasa si "comprueban" que deben hacerlo y después no lo hacen?
En cuanto a la traducción de que "el
carbono es un gas inodoro e incoloro...", para mayor paralelismo entre los
términos semicultos y los más familiares, yo agregaría, tras una coma a
continuación de incoloro, el vocablo "insípido". Y digo semicultos con
cierta reserva, porque en realidad son las traducciones que uno encuentra en
todo diccionario de inglés a español para colorless, odorless and tasteless.
Por lo visto, éstas no se consideran voces semicultas en inglés. En el afán
por buscar siempre el menor denominador común, para que todos nos
entiendan-como reza la doctrina comercial y publicitaria
estadounidense--caemos a veces en despropósitos manifiestos, como sucede en
este caso, ya que el inglés empieza precisamente con vocablos semicultos.
Incluso, temiendo que alguien no los entienda, los vuelven a explicar
diciendo: "no puedo verlo, ni olerlo ni saborearlo." El mismo inglés cae,
pues, en la trampa, ya que normalmente bastaría con la última frase. En
español, la tentativa de evitar "semicultismos"-perfecta-mente entendibles,
en este caso, por la mayoría de los lectores (y si no, se los repetiremos
con frases más comunes, para que los entiendan sin tener que acudir al
diccionario) nos hace usar locuciones poco naturales y, para el que sepa
inglés, de fuerte sabor a anglicismo semántico.
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