García Márquez: Desfase de lógica
Jack Segura
Durante el Primer
Congreso Internacional de la Lengua Española, celebrado a principios de
abril en la ciudad mexicana de Zacatecas, Gabriel García Márquez, Premio
Nobel de Literatura, creó un gran revuelo en el mundo del periodismo y de
las letras hispanoamericanas con sus propuestas y declaraciones relativas al
futuro de la lengua española.
Reacción desde Nueva York
Gabriel García Márquez parece querer
atropellarnos con su bicicleta de contrasentidos lingüísticos, y no logra
sino confundirse y confundirnos. Por un lado, pretende reintroducir
arcaísmos y por otro modernizar y "humanizar" la gramática negociando "los
gerundios bárbaros (¿se referirá a los auténticos gerundios españoles o a
los calcados del inglés, tan de moda hoy en día?), o adoptando de una vez
los "qués" galicados, simplemente porque se usen en francés y en inglés,
cuando en español tenemos más y mejores maneras de decir lo mismo. Por
último, su deseo de "jubilar la ortografía" no se compagina muy bien con lo
de reformarla enterrando las haches, equiparando la "g" con la "j" y
poniendo "más uso de razón en los acentos escritos".
Séame permitido señalar que tanto en su
deslumbrante narrativa como en el discurso que nos ocupa, García Márquez
sabe muy bien cómo acentuar, cómo usar los gerundios y, en fin, cómo decirlo
todo en términos geniales y a la vez gramaticalmente correctos. ¿A qué viene,
pues, este aparente desfase de lógica? ¿Ganas de llamar la atención? La
gramática española, a la que han contribuido grandes personalidades de
Colombia y de toda Hispanoamérica, no es una creación de ayer, ni de
anteayer. Heredada de Nebrija, tenía ya su base en el romance, y éste en la
gramática latina. A lo largo de los siglos, y reflejando el uso de los que
mejor manejan el castellano (la próxima edición necesariamente habrá de
incluir citas de García Márquez), el conjunto de reglas unificadoras de la
lengua que es la gramática ha pasado por una serie de tamices para llegar a
ser lo que es hoy. Sin duda, necesita seguir avanzando, modernizándose, pero
sin despojarse por el camino de todo lo que la ha hecho "vital, dinámica,
creativa, rápida y de gran capacidad de expansión", como él mismo bien dice.
El autor de Cien Años de Soledad sabe de
sobra que en español los acentos gráficos sirven precisamente para reflejar
en lo escrito la mayor intensidad de la voz con que pronunciamos ciertas
sílabas; además, esos acentos tienen por oficio diferenciar las palabras que
se escriben de la misma forma pero que tienen significado distinto. Es, pues,
un sistema sumamente práctico, que tal vez García Márquez,
incomprensiblemente, no aprecia en todo su valor. Ya quisiera el inglés,
veloz como es en muchos casos-- por sucinto y directo-- poder contar con un
sistema parecido que facilitara su lectura, escritura y pronunciación, tanto
a los que lo hablan y escriben como lengua propia, como a los extranjeros
que han de aprenderlo por gusto o necesidad.
El español es tal vez el más fácil de leer
y escribir entre los idiomas modernos. Hasta ahora no ha sido necesario en
esta lengua (las cosas cambiarían de adoptarse las sugerencias del Nobel
colombiano) celebrar certámenes de deletreo ("spelling bees"), como se hace
continuamente en inglés. [El francés también se las trae en materia
ortográfica, y hasta el italiano, con sus consonantes dobles y su variante
pronunciación de ciertas combinaciones, ofrece varios escollos.] Muchos
hispanohablantes, encandilados por el cegador rayo láser del inglés, no se
quejan de que en ese idioma tengan que aprender de memoria la forma de
escribir y de pronunciar cada palabra. Si la situación fuese al revés, no
faltarían denuestos ni risitas de desprecio contra el español.
Ni los experimentos de Juan Ramón Jiménez
con la "j", ni los de George Bernard Shaw para simplificar la ortografía
inglesa, hicieron mucha fortuna. Las lenguas tienen su vida propia; no se
dejan manipular así como así; es decir, se dejan cuando la manipulación se
hace, de entrada, con amor, respeto y oportunidad. En cuanto al papel de las
Academias de la Lengua Española, deben siempre propiciar la libertad
creadora en materia lingüística, no el libertinaje destructor. Parafraseando
a Ortega y Gasset, podríamos decir que la libertad es como la piel de la
mano, que limita el contorno de ésta, pero le confiere suficiente libertad
de movimiento para que, unida al cerebro, plasme maravillas. La piel del
idioma de García Márquez no le ha impedido--hasta ahora y esperamos que por
muchos años más-- crear inolvidables maravillas de la imaginación.
Pero, con todo respeto y arraigada
admiración por su obra, que se deje de meter la patita.