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Llovía en Manhattan y en la
televisión anunciaban que había empezado la temporada de resfríos y
gripes, con sendas descripciones de ambas afecciones. Ya lo sabía,
porque en mi propia casa hacía estrago uno de esos resfríos de
guardar cama. Sin embargo, a pesar de ser necesitada aquí, por ser
la presidenta de SpanSIG dije que debía ir al Palace. En el tren
terminé de leer la nota Spanglish Gravitas de Ilan Stavans que saqué
de la Internet. Es curioso que no tenga su propio URL, sino que
aparece en un marco privado dentro de otro URL. Quien la quiera leer
puede hacer una búsqueda de la expresión Spanglish Gravitas en
cualquier buscador.
En última instancia, Stavans, que como
muchos saben es el profesor de Amherst University que da un curso de
Spanglish, trata al español como idioma de opresores, en
contraposición con el inglés que es la lengua de la democracia, y
espera con anhelo que el spanglish siga el camino del yidish y se
convierta en una lengua propia, digna de producir obras que, un día
en el futuro, reciban un premio Nobel.
Nuestro colega Carlos Ortiz
está preparando una nota sobre el espanglés, como él prefiere
llamarlo, donde incluye sus sensatos comentarios sobre esta postura
de Stavans.
Nuestro interés en este tema
ahora se debe a que el Instituto Cervantes, junto con el Banco
Santander Central Hispano, patrocinará un simposio de tres días en
marzo, en el que participará SpanSIG, la Academia Norteamericana de
la Lengua, traductores, periodistas y lingüistas invitados, entre
los cuales se encuentra el profesor Ilan Stavans.
Al salir del subte, si me
permiten esta querida expresión porteña, no podía abrir el flamante
paraguas alemán que había comprado mi amiga. Era excelente en todo
sentido pero no le encontraba la vuelta ni el botón para abrirlo y
me mojaba miserablemente, lo que acrecentaba mi temor de resfriarme.
Finalmente, al hacer un violento gesto de maldición del inútil
artefacto, éste se abrió magníficamente y me protegió ampliamente
hasta llegar al Palace.
Vi que no habían abierto la
puerta para el piso de arriba y le pregunté a la recepcionista si
había llegado alguien del grupo SpanSIG. "Sí, me dijo en inglés,
están ahí". Me paseé entre las mesas pero no vi a nadie reconocible.
("No comments"). Volví a la entrada y me puse a esperar mirando por
el vidrio. Era agradable mirar la ciudad y la lluvia detrás del
vidrio. Pensé que no vendría nadie y que me quedaría unos 15 minutos
y, por si las moscas, dejaría un mensaje de cancelación del
encuentro.
Se acercó uno de los gerentes
del restaurante y me invitó a esperar sentada. Nos había reservado
una mesa para seis abajo, en caso de que no viniera mucha gente. Le
agradecí y le dije que no esperaba que viniera gente esta noche,
pero que iba a esperar un rato por las dudas.
A eso de las siete menos
veinte apareció Osvaldo. Ahí tuve la certeza de que no vendría nadie
más pero que ya teníamos un encuentro de SpanSIG.
Era natural que viniera
Osvaldo porque no sólo había sido presidente antes durante varios
años, lo que imparte un sentido de responsabilidad especial, sino
que los encuentros fueron además su propia idea. Aparte, Osvaldo es
una persona responsable. Perdón, no quiero decir que los que no
vinieron sean irresponsables. Realmente, no quiero decir esto.
Quiero decir simplemente lo que dije, en sentido directo, sin
implicaciones.
Nos sentamos en la mesa para
seis y le dije a Osvaldo que se sentara de frente a la calle, en
caso de que pasara algún espansiguero (¿esta palabra sería
espanglesa?). Como dice Stavans, el espanglés es inevitable. Claro
que no por eso le vamos a permitir que desplace al español. Esto es
algo que demuestra magníficamente nuestra querida Cristina Bertrand
en una nota que se publicará en el próximo número de
Apuntes.
Osvaldo y yo pedimos sendas
sopas, una de pollo para mí, en actitud declaradamente defensiva de
las lluvias, los resfríos y las gripes, y una de cebolla con mucho
queso fundido para Osvaldo, que tuvo que luchar toda la noche contra
las colgaduras que se estiraban como chicle, pero seguramente estaba
rica su sopa, aunque no le pregunté.
Para hacer honor al encuentro
lingüístico le zampé mi pregunta del día. Esto quiere decir que esa
pregunta la puse en todos los foros y se la envié además a varios
traductores conocidos, amen de llamar por teléfono a otros que no
participan en estos foros. Nadie me supo aclarar definitivamente el
origen de la palabra naftalina.
Ocurre que un cliente me
preguntó cuál era el término "industry standard" en español para
traducir "naphthalene". Yo traduje "naftaleno" y ellos siempre
habían traducido "naftalina". Para "methyl naphthalene" yo traduje
"metilnaftaleno" y ellos siempre habían traducido "naftalina de
metilo". ¿No les suena rara esta traducción?
Vilma Vosskaemper me leyó esta
tarde las entradas del Merck Index, donde se encuentran dos términos
algo distintos: "naphthalene" y "naphthalin". En otros diccionarios
encontré también "naphthaline".
Bueno, Osvaldo pensaba, como
yo, que posiblemente "naphthalin" había sido un término comercial
que se convirtió en genérico, pero no lo sabía a ciencia
cierta.
Luego charlamos de Barcelona,
Madrid y Toledo, donde estuvo este verano. Dijo algo muy lindo sobre
Toledo: cómo le había maravillado ver ahí mismo la convivencia de
tres religiones y culturas, la cristiana, la musulmana y la judía.
Le dije que sería lindo que hoy hubiera ese tipo de
convivencia.
Ya terminábamos nuestras sopas
y el vino tinto y el postre de Osvaldo y eran casi las ocho menos
cuarto. Como siempre, el tiempo pasó muy bien y entretenido en este
histórico encuentro de SpanSIG. El primer encuentro del año, del
siglo y del milenio, entre dos presidentes.
Los esperamos para el próximo
encuentro.
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