|
La traducción científica y técnica:
Ayer y hoy
Jack Segura
Señores y señoras, muy buenas tardes.
Mi charla presentará el tema desde el
punto de vista personal, basado en mi experiencia como traductor, a lo
cual agregaré algunas moralejas, por si pudieran ser de utilidad para
los que ahora empiezan o los que llevan corto tiempo en la profesión.
Por la época en que yo empecé a
traducir en los EE.UU. (había ya empezado antes, en España, de muy
chico) la traducción científica y técnica era una profesión de
alcances limitados pero ya a tono con los nuevos conceptos, los nuevos
procedimientos y las nuevas prácticas. El traductor científico y
técnico solía ser—y lo sigue siendo en muchos casos—un científico
(investigador, médico, cirujano, geólogo) o bien un técnico (ingeniero,
perito en alguna materia), pero generalmente poseía una formación
cultural más o menos amplia y una inclinación a tratar con más de una
lengua. Generalmente era asiduo lector de novelas, ensayos, cuentos,
poemas, en dos literaturas—la suya y la "otra", cualquiera
que fuese ésta. [Primera moraleja:
Si quieres traducir bien, lee mucho y bien].
A nivel del usuario o del paciente—destinatarios
de los avances científico-técnicos—el traductor solía ser un
aficionado bilingüe que aprendía a traducir traduciendo. Por lo
general, trabajaba a las órdenes de un jefe que conocía bastante bien
los productos o técnicas sobre los cuales tenía que traducir. Los
años de práctica y de buscar terminología, le habían dado una
pátina de conocimientos técnicos, no siempre justificada.
En esa época, los mejores profesionales
de la traducción eran generalmente empleados de plantilla de empresas
grandes, como la International Telephone and Telegraph (IT&T), la
General Electric, Westinghouse, RCA). Estas empresas tenían su propio
departamento de traducciones, donde el traductor en ciernes se
especializaba en publicaciones y productos de la casa, trabajando a las
órdenes del jefe del Departamento de Traducciones. Piénsese, por un
momento, en lo que esto significaba:
- El aprendiz de traductor tenía a su
disposición todas, o casi todas, las herramientas que necesitaba—un
mentor y facilitador (jefe del departamento), posibilidad de
consultar directamente a los expertos de la compañía que
redactaban los textos en inglés y que en muchos casos conocían o
habían ya investigado los vocablos u expresiones dudosos. Otras
veces, el traductor tenía a su fácil alcance toda clase de
materiales de consulta sobre las especialidades de la empresa,
además de diccionarios generales en inglés y en español, y muy
escasos diccionarios técnicos. En la IT&T contábamos con el
Diccionario Comprensivo de Sell, cuya parte de español-Inglés,
todavía conservo. Es un enorme tomo de 1700 páginas, de
tipografía apretada, desordenada y no siempre fácil de entender.
Ofrecía de todo y para todos, pero no era mucho de fiar). [
Moraleja: No todos los diccionarios valen lo que cuestan, pero todos
aportan algo]. Había ya por aquél entonces, un diccionario
multilingüe de Telefonía, preparado por expertos de la Comisión
Internacional de Telecomunicaciones, que sí era una gran ayuda. Y
no hay que pensar en muchos más, fuera de los citados. Eso sí,
todo traductor tenía su fichero, donde ponía en orden alfabético
cuantos nuevos términos iba descubriendo. Con el tiempo, el nuevo
traductor podía llegar a hacer traducciones aceptables e incluso de
calidad
.
- La empresa, mientras tanto, se
beneficiaba al no tener que enviar fuera las traducciones, no tener
que depender de agencias, y no tener que enviar trabajos a
traductores independientes externos.
Las traducciones se componían en
máquinas de escribir, lo que exigía el hacer correcciones con
blanqueador o el tener que mecanografiar todo el texto de nuevo, si las
correcciones eran muchas. Terminada la traducción, se sometía a
revisión, crítica y corrección por parte del jefe del departamento,
lo que le permitía al traductor novato aprender las preferencias del
maestro. En aquellos tiempos se hablaba muy poco de Lingüística y
menos aún de teorías de traducción. Eso vendría después. Tras pasar
en limpio las correcciones, el jefe o el mismo traductor entregaba el
trabajo directamente al departamento o persona que lo hubiese
solicitado.No existía el Fedex, fax, correo electrónico, disquetes
grabables, etc. Ni se necesitaban dentro de ese ambiente.
Las agencias de traducciones eran muy
contadas todavía y, como toda empresa, tenían su propio personal de
plantilla, aunque a veces buscaban también a traductores externos que
les ayudaran en determinadas ocasiones. En muchos casos, estos
traductores externos eran, a su vez, empleados de empresas comerciales
que se dedicaban independientemente a hacer trabajos de noche y en los
fines de semana.
Con todo, la gran mayoría de estos
traductores técnicos no eran verdaderos profesionales de carrera. No
existían aún las escuelas y facultades de traducción. Lo que sabían
lo habían asimilado por ósmosis, y a menudo sus conocimientos eran
deficientes. Esto lo vi yo muy claro cuando, una vez, mi jefe me dio a
leer una traducción que había hecho él. Nunca antes había yo puesto
en tela de juicio su pericia traductoril, que era considerable, ni su
experiencia, que no lo era menos. Pero en esta ocasión tradujo mal dos
palabras coloquiales, del ramo de telefonía (en realidad de
electrotecnia), utilizadas para distinguir dos clases de conexiones: through
y across. En español, las llamó "a través de" y
"por", que en materia de conductores eléctricos quieren decir
lo mismo (no hay diferencia entre la corriente que pasa por o a través
del conductor.).
[Moraleja: Cuidado con la
terminología técnica del ingles, que con frecuencia usa terminos
caseros como esos dos y, en medicina, cosas como gut por intestino, o
backbone por columna vertebral).
Yo había empezado a estudiar por mi
cuenta la terminología del ramo de la electricidad y las
telecomunicacines y sabía que through corresponde a una
conexión "en serie", mientras que across quiere decir
"conexión en paralelo". Dejar salir la traducción
de mi jefe como estaba podía tener
graves consecuencias, según como interpretara esas palabras el técnico
encargado de instalar el equipo. No sin trepidación, le advertí a mi
jefe, un señor mexicano muy bueno e inteligente, que me perdonara, pero
me parecía que su traducción no era del todo correcta. Con una media
sonrisa en los labios, me comentó: "Bueno, muchacho, todos podemos
equivocarnos. Pero, ¿en dónde has visto tú que lo correcto sea eso
otro? Le traje un libro de electrotecnia que había sacado de la
biblioteca de la compañía, y al ver lo que decía, reconoció su
malentendido, y me aconsejó, ya más serio: "Tú todavía eres muy
jovencito y tienes mucha traducción por delante. ¿Por qué no vas a
una universidad a estudiar ingeniería eléctrica o telecomunicaciones?
El sabía ya que, como ex combatiente en la guerra del Pacífico, yo
tenía derecho a la subvención gubernamental para estudios superiores (the
Veterans Bill of Rights). Lo pensé mucho, pero al final acabé
matriculándome en el Pratt Institute, que tenía Facultad y
Laboratorios de Electrotecnia, y allí cursé estudios nocturnos (tres
horas por noche y tres noches por semana) durante cuatro años; después,
pasé a los Institutos RCA, donde estudié, durante dos años más,
radio, televisión, así como generación y reproducción de imágenes. [Moraleja:
Siempre es muy importante contar con el impulso y apoyo del jefe de uno].
Estos estudios me permitieron aventajar a
mis compañeros en traducción técnica, por el simple hecho de entender
mejor que ellos lo que quería decir el original. Nunca, a lo largo de
mis estudios, se me habia pasado por el magín la idea de trabajar como
ingeniero eléctrico. A mí lo que me interesaba era conocer las
materias estudiadas, que además me dieron una base firme para entender
después otras técnicas derivadas de ellas. [Moraleja:
Todo nuevo conocimiento adquirido sirve de base para entender mejor las
innovaciones por adquirir.]
Por otra parte, había hecho los estudios
técnicos en inglés, lo que me daba también la ventaja de saber cómo
hablaban entre sí los técnicos anglosajones. A todo esto, fui
acumulando textos que presentaban los mismos temas de estudio en
español, y pronto me convertí en asesor técnico de los otros
traductores de la IT&T. A no tardar, me hicieron subjefe del
departamento. [Moraleja: No sólo es necesario aprender la
terminología, sino la fraseología en uno y otro idioma.]
Así las cosas, un buen día leí en The
New York Times un anuncio a cuarto de página en el que se hablaba
de una nueva revista que la empresa TIME & LIFE estaba a punto de
editar: LIFE in Spanish, como la llamaban ellos hasta entonces.
Contesté aquel anuncio, ofreciéndome de traductor para hacerles
trabajos científico-técnicos ocasionales. En uno o dos días recibí
una breve carta en la que me pedían, a manera de prueba, la traducción
de un editorial adjunto del N.Y. Times, que versaba sobre Tito,
el líder comunista de Yugoslavia.
Me pareció muy extraño que no me
hubieran enviado un texto científico o técnico, pero de todos modos
hice la traducción y se la devolví. Pasaron tres semanas o un mes... y
nada. Un día, cuando no esperaba saber más de ellos, recibí un
telegrama pidiéndome
que los llamara por teléfono a un
número indicado. "¿Podría pasar por el edificio de la compañia,
piso 18, calle 58, esa misma tarde, después de las 5?" Allá que
fuí, curioso. En una oficina casi vacía, un señor pelirrojo,
relativamente joven, estaba sentado detrás de un escritorio grande. Al
oírme entrar levantó la vista por sobre los espejuelos de lectura, se
levantó de su asiento, me estrechó la mano, me dijo su nombre
rápidamente y a continuación me espetó: "¿Quieres venir a
trabajar con nosotros?" Le agradecí la oferta, le dije que no me
interesaba un empleo de plantilla, que ya tenía uno bastante bueno,
pero que tal vez podría ayudarles con algunas traducciones técnicas de
cuando en cuando.
El hombre frunció un poco el ceño y me
dijo: "Qué necesitarías para dejar el otro empleo y venir a
trabajar aquí? Sonreí un poco ante lo inesperado de la pregunta y,
pensando que lo mejor que podía hacer sería citar un sueldo
exorbitante que tuvieran que negarme, contesté: "Bueno, si lo dice
en serio, pues... no sé..., por lo menos el doble de lo que gano ahora".
Mi interlocutor, que ya sabía lo que yo
ganaba a la sazón (se lo había informado por teléfono), no dudó un
instante. Aunque su acento era mexicano, él era norteamericano,
corresponsal de aviación de la revista LIFE. Seguidamente me habló en
inglés: "The job is yours!" Le dije que necesitaría
por lo menos uno o dos meses, para ayudarles a mis jefes a encontrar
alguien que me sustituyera. [Moraleja:
Hay que aventurarse al pedir sueldo, sobre todo cuando se tiene ya
empleo].
Pero, mientras tanto, tenía
curiosidad en saber por qué me enviaron un editorial de The New York
Times, en lugar de un reportaje científico o técnico, que era lo
que yo les había ofrecido?
"Si te mandamos el editorial fue
porque no dudábamos de tu competencia científica y técnica, dados tus
estudios y actual empleo; pero necesitábamos saber si podías escribir
bien en español. Tu traducción, recomendada después por catedráticos
de Literatura Española de varias universidades norteamericanas, nos ha
sacado de la duda." Tontos no eran. [Moraleja:
Tanto o más importante que el poseer conocimientos técnicos era en
este caso y en muchos otros el poder escribir medianamente bien].
Seguí empleado en la IT&T un mes
más, hasta que encontramos un reemplazo extraordinario: nada menos que
Javier Collazo, que contaba con muy buenos antecedentes en el ramo de
las telecomunicaciones, y que después sería autor de dos magnos y
magníficos diccionarios politécnicos. En todos estos años, más de
60, hemos sido amigos y colaboradores en varios proyectos.
En LIFE en Español pasé 18 años de mi
vida, y aunque fui el primer redactor-traductor contratado para esa
revista, y posteriormente su jefe de redacción, trabajaba en estrecha
colaboración con 8 a 10 compañeros de Hispanoamérica, en su mayoría
escritores y periodistas. El hecho de que pudiéramos sacar una revista
en español que todos sus lectores entendían es harina de otro costal,
que tiene que ver con las diferencias en el idioma español, no sólo
entre España y América, sino también entre distintos países
hispanoamericanos. Pero eso tendré que dejarlo para otra ocasión.
En LIFE, la traducción era muy distinta
de la de IT&T. Había profusión de medios de consulta, incluso los
90 y tantos tomos de la Enciclopedia Espasa-Calpe, que fueron para
nosotros de gran utilidad, sobre todo los suplementos de actualización,
donde uno podía encontrar definiciones y explicaciones de cosas
técnicas. También teníamos una encioclopedia más moderna, la UTEHA,
editada en México. Además, inventábamos términos en español cuando
no los teníamos, y luego, entre paréntesis, poníamos el inglés. Me
tocó traducir reportajes seminales (con toda clase de material gráfico
en colores), como el del alunizaje de Armstrong y compañeros, y el del
descubrimiento de la hélice del ácido desoxirribunucleico (ADN), al
que dí sigla española. Años después, me tocaría defender esa sigla
en el seno de la Real Academia Española, donde algunos me decían que
era mejor usar la inglesa DNA, que todo el mundo entendía. Ya entonces
recomendé que usaran DNA sólo cuando escribieran en inglés artículos
o ponencias destinadas a publicaciones extranjeras, pero que deberían
usar el nombre y la sigla españoles para España e Hispanoamérica. En
LIFE en Español traduje todos los textos de aviación, cohetería,
astronáutica, y todos los de biología y medicina, además de revisar
las traducciones de otros. Para ello tenía a mi disposición cuantos
recursos necesitaba, desde la Espasa-Calpe, el diccionario politécnico
no enciclopédico de Castilla (predecesor del actual Beigbeder), el
primer diccionario politécnico y enciclopédico de Collazo, y la
posibilidad de consultar directamente al autor del texto original.
Allí hicimos el tránsito de la máquina
de escribir manual a la eléctrica, y a las cintas correctoras de
errores tipográficos. Los textos originales o traducidos eran
indefectiblemente revisados por unas "investigadoras" (researchers),
todas las cuales habían cursado Literatura a nivel universitario y
algunas tenían en su haber estudios tecnológicos. Su misión
primordial era cerciorarse de que no se publicaran en la revista datos
incorrectos. Y a veces era difícil convencerlas de que debían dejar
pasar alguna palabra nueva,que uno de nosotros había inventado y que el
fabricante había aprobado. Querían pruebas por escrito.
Además de escribir artículos originales
y traducir los que nos llegaban en inglés, el cuerpo de redacción
tenía que preocuparse de preparar los textos para la imprenta. Al
principio se contrató a una imprenta hispana de Nueva York, en la
creencia de que sus empleados hispanos, conociendo el español, serían
más rápidos y certeros como lectores de pruebas. Pero eran tantos los
errores que cometían o se les pasaban, que la dirección de LIFE
decidió probar la imprenta de Chicago en la que se imprimía la
versión en inglés. Con gran asombro nuestro, las galeradas que nos
devolvían de Chicago apenas tenían errores tipográficos. ¿Como
explicarnos eso? Al parecer, los lectores de pruebas norteamericanos,
que no entendían ni jota de español, leían los textos lentamente,
letra por letra, mientras que los hispanos los leían deprisa, palabra
por palabra, y por el camino se comían algunas letras. [Moraleja:
Lo obvio no es siempre lo más indicado.]
Después de tantos años de trabajar en
LIFE en Español, la revista se vió obligada a suspender su
publicación, no porque le faltaran lectores—tenía más de medio
millón-- sino porque el gobierno de México, donde ahora se imprimía,
amenazaba con interrumpir
la importación de tintas en colores si
seguíamos publicando críticas de la política de ese país. LIFE optó
por mudar la imprenta a Panamá, para lo cual importó nuevas máquinas
de imprimir de Alemania. Pero el calor y humedad tropicales resultaron
intolerables para las tintas, y hubo que climatizar toda la planta.
Aquello costó una millonada. Por otra parte, la empresa madre, LIFE,
había empezado a a perder lectores ante el embate de la televisión.
Estaba en pleno fragor la contienda entre la imagen semanal estática (por
buena que fuera) y la imagen viva, dinámica, casi instantánea. Ya
saben ustedes cual de ellas venció. Antes de un año, también LIFE
tuvo que cerrar. [Moraleja: Nunca
hay que considerar un empleo eternamente seguro. Nadie hubiera imaginado
que LIFE desaparecería un día.]
Después de LIFE, entré a
trabajar en una empresa muy interesante: Dos ex periodistas
norteamericanos habían creado, como cinco años antes, un negocio de
información científico-médica consistente en publicar antes que nadie,
en unos periodiquitos de 8 páginas en formato tabloide, el material de
mayor interés y actualidad presentado en conferencias, congresos y
simposios de medicina. En el espacio de una semana, preparábamos y
sacábamos a luz, resúmenes de las ponencias presentadas por medicos y
especialistas de varios campos, a veces suplementados
con entrevistas al autor. Estas ponencias,
normalmente, se publicaban en revistas médicas, pero para ello tardaban
en salir como mínimo 6 meses. También publicábamos libros con
información que, por término medio, hubieran tardado 5 años en
aparecer. La empresa, que tuvo un éxito extraordinario, se llamaba Science
& Medicine Publishing Co.. Después, sus fundadores la vendieron
a otra compañía que no sabía nada de ciencia ni de medicina, y ésta
a otra que tampoco sabía en que se metía, y así sucesivamente , hasta
4 ventas. Yo me salí de aquel desbarajuste y me dediqué a trabajar por
mi cuenta, no sólo en traducciones, sino también en la organización
de congresos y reuniones de medicina y especialidades. Esta última
parte también la dejé después de otros cinco años, y me dedique de
lleno a las traducciones. Debo aclarar que en todos los años que
trabajé para LIFE y para Science & Medicine Publishing, seguí
haciendo traducciones en mis ratos libres.
Para entonces, las cosas habían cambiado
mucho en traducción, como en tantas otras esferas. Con la llegada de
las primeras procesadoras de textos—que en realidad eran computadoras
limitadas a sólo esa función—el ritmo del trabajo se aceleró y
facilitó (hasta cierto punto). Recuerdo todavía la primera de esas
máquinas que compramos al mismo tiempo Javier Collazo y yo, de la marca
CPT. Javier había hecho su primer diccionario politécnico con una
máquina de escribir—una Olivetti, si mal no recuerdo. Con la nueva
procesadora de textos y 20 años de intenso trabajo, saldría a la luz
su segundo gran diccionario.
Después de esas máquinas (también la
IBM tenía procesadora de textos, con memoria de tarjeta magnética),
vinieron el Apple II y el MacIntosh, la computadora personal de la IBM,
que hizo época, y la ininterrumpida trayectoria ascendente de Microsoft
y sus
programas informáticos, tanto operativos
como de aplicación.
Los científicos de varios organismos y
universidades venían probando diversos sistemas de traducción
automática, que hasta la fecha han resultado insuficientes, salvo para
ciertas tareas repetitivas y de vocabulario bien definido, evitando
siempre sinonimias, falsos amigos y otros obstáculos que confundían a
sus neuronas digitales..
El gran problema de estos sistemas es que
se basan en supuestos lógicos o semilógicos, y los idiomas no son
siempre lógicos. De todas maneras, hasta ahora, la traducción
automática no nos ha hecho mucha competencia.
Otra cosa son las memorias de traducción,
que traen a la pantalla rápidamente lo que se dijo en una o más
ocasiones anteriores en una traducción parecida. Estos programas son,
en potencia y en la práctica, de gran ayuda para el traductor
independiente. Sin embargo, en muchos casos, acaban por perjudicarlo..
Para empezar, cuestan mucho dinero (algunos más de mil dólares; otros,
algo menos), lo que, naturalmente, crea resistencia a usarlos.. Además
hay ya unos cuantos: Trados, Deja Vu, SLDX, Transit y otros (gracias,
Cristina Márquez, aquí presente, por decirnos que tiene los cuatro
citados). Su uso ha sido impulsado por las agencias de traducción (cada
cual tiene el suyo preferido), que te exigen que uses el que ellas
tienen como requisito para participar en proyectos de traducción de
gran envergadura. Total, que te obligan a comprarlos, pero por lo
regular no te los pagan, y encima te exigen que reduzcas
considerablemente tus tarifas, puesto que puedes hacer muchas más
páginas por hora y por día. [Moraleja:
Hay adelantos que atrasan).
La Internet sí es una gran ayuda para el
traductor independiente, al no exigirle inversiones extraordinarias. Hoy
podemos consultar toda clase de sitios, páginas y foros internéticos y
recibir casi inmediatamente respuestas de diversas fuentes y expertos.
Dos sitios que recomendamos son la nueva página de Spansig-Intrades, y
el foro Medtrad. También la página de la Real Academia Española y la
Página del Español.
Resumen
Se han ido para siempre aquéllos tiempos
que yo y muchos de ustedes conocimos-- en que podíamos recibir un
trabajo por correo normal, terminarlo las más veces en un plazo
razonable para poder hacerlo como era debido, devolverlo por correo, y
olvidarlo hasta que llegaba el cheque y la hora de contabilizarlo y
cobrarlo.
Hoy no somos sólo traductores, sino
COMUNICADORES, con mayúsculas, porque a veces empleamos la mayor parte
de nuestra jornada de trabajo en faenas de comunicación. Hasta hace
unos años, no recuerdo haber tenido que enviar a nadie un currículo o
una traducción de prueba (fuera de aquella excepcional que hice para
LIFE). En mi despacho, al teléfono de antes (que apenas usaba para
comunicarme con alguno que otro cliente), se han sumado ahora la
contestadora automática, el fax, la impresora, la fotocopiadora, dos
computadoras (una nueva y de lo más inestable, y otra vieja,
desmemoriada, pero que sirve de reserva), un módem, un lector óptico (scanner),
grabadora y programas informáticos de corrección ortográfica, de
comunicación, de dictado. Si el cliente no tiene medios electrónicos,
habrá que enviarle las traducciones por mensajería (FedEx, USP). Y es
irónico ver el papel de escribir que uno gasta hoy día (en cantidades
mucho mayores que las de antes). En suma, todo lo que se necesitaba
antes, más todo lo que se necesita ahora.
De cuando en cuando nos obligan a cambiar
nuestra computadora, no porque se haya gastado, sino porque nos han
cambiado una vez más el programa operativo o los de aplicación, los
cuales son, por regla general, cada vez más voluminosos y complicados,
y además requieren memorias gigantescas, que las viejas no tienen. Uno
podría seguir con lo viejo, si no fuera porque tiene que "colaborar
electrónicamente" con gente que
posee ya modelos más recientes y
memorias digitales mucho más grandes.
Las agencias hoy dominan la traducción.
Ya no son empresas regentadas por traductores, sino que éstos han sido
reemplazados por profesionales de administración y de mercadotecnia.
Últimamente se han "globalizado", con lo que envían buena
parte
de sus traducciones al exterior: a
España, México, Argentina, etc., de donde pueden conseguir tarifas
más bajas y hasta lo que yo califico de "tarifas de esclavo".
Nuestra eximia amiga, Cristina Márquez, recibió el otro día una
oferta de trabajo de una empresa norteamericana en la que le proponían
"18.000 words at $0.020 per word". (Moraleja y
refrán: Cuando la barba de tu vecino vieres pelar, echa la tuya
a remojar.)
No extrañe a mis oyentes que en el
título de esta charla me haya dejado en el tintero el "mañana"
que debiera ir a continuación de "Ayer y hoy". Y es que el
futuro se me representa nublado y amenazante para el traductor
independiente. Preveo, a más tardar para dentro de 50 años, pero
posiblemente mucho antes, la introducción de computadoras
superinteligentes que nos reemplacen en el trabajo de traducción. No lo
han logrado hasta ahora, pero tampoco habían logrado ser buenas
ajedrecistas, hasta que una de ellas derrotó a Karpov, el campeón
mundial. Para traducir bien se necesitarán memorias enormes (que
habrán aprendido de antemano todas las variantes y recovecos
lingüísticos creados e imaginados por la mente humana), y muy
posiblemente esas memorias se basaran en microcircuitos biológicos (que
ya se están poniendo a punto), parecidos a los del ser humano. Si nos
descuidamos, no sólo nos globalizarán, sino que podrían retrotraernos
a los tiempos de la esclavitud, porque no sólo serían una amenaza para
el traductor, sino para todo ser viviente, excepto sus amos, si esas
máquinas del futuro se dejan tener amos. Ojalá me engañe y que sobre
estas amenazas triunfe el espíritu humano. Pero no estará demás vivir
prevenidos. A lo mejor todavía quedarán en pie los correctores de
textos traducidos por computadora. Mientras tanto, una primera y última
recomendación al traductor que empieza ahora: lee, lee no sólo
publicaciones de traducción, periódicos y revistas, sino literatura.
No abandones la lectura de tus clásicos, ni a tus nuevos maestros del
bien decir.
Muchas gracias a todos por haber
escuchado pacientemente esta perorata.
Joaquín (Jack) Segura
|