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Métodos para evitar clientes 'non-gratos'
©Sergio Graciano
La escena resultará familiar a más de un
lector: un escritorio cubierto de papeles, el piso de la oficina alfombrado
con diccionarios, un teléfono que suena y no podemos encontrar y cuyo
inoportuno campanilleo nos hace olvidar la palabra que estuvimos buscando
varios minutos. El traductor descuelga el teléfono, que por ser inalámbrico
no está colgado de ninguna parte, y solícito responde al posible nuevo
cliente.
−Buenos días −dice el interlocutor con voz
de radial− mi nombre es Carlos E. N. Migo. Lo llamo desde East Afas
Corporation, y nuestras oficinas están situadas en Kitchenette, en el Estado
de Sitio.
−Mucho gusto, ¿en qué puedo servirle? −responde
el traductor mientras sigue tecleando para adelantar con el trabajo que
debía haber entregado ayer.
−Bueno, tenemos una pequeña traducción que
necesitamos para mañana a primera hora y queríamos saber si está usted
disponible.
Generalmente nos llaman cuando menos
disponibles estamos y quizás por el masoquismo que nos caracteriza
respondemos:
−Sí, seguro, no hay problema −sin siquiera
saber en qué nos estamos metiendo.
Y allí puede comenzar la posible pesadilla…
A quienes ya nos han hecho el verso, una
vez nos basta como experiencia, y más vale perder a un posible cliente que
caer en manos de uno de estos delincuentes que pululan cual pirañas.
Orden de compra, referencias, contrato,
pago adelantado… Primero y principal, cliente conocido o desconocido, se
debe solicitar una orden de compra. Ésta debe llevar número y membrete con
los datos de la compañía, y asimismo indicar el precio acordado, métodos de
pago, etc. Ante mi petición, E. N. Migo me envió un mensaje electrónico cuyo
texto decía: "Esto es una orden de compra, traduzca el documento adjunto".
Al insistir yo en obtener una orden de compra comme il faut, el susodicho
envió por fax una hoja manuscrita −por cuya caligrafía parece escrita con
pluma de pterodactilo− sin dirección, ni teléfono, ni ningún otro dato
compremetedor que permitiera corroborar su identidad y paradero, en la que
el aprendiz de estafador insistía en que se realizara la traducción lo antes
posible.
Siempre existe la posibilidad de que el
cliente no nos pague. En general, son pocos los clientes que conocemos
personalmente y aún menos los que están lo suficientemente cerca como para
que nos podamos instalar en su oficina hasta que escriban el cheque.
Ante toda duda relativa a la honestidad de
un posible cliente, conviene siempre consultar con nuestros colegas. Un
simple mensaje con copia carbónica enviado a todos los traductores de
nuestra libreta de direcciones generalmente dará resultado y en cuestión de
horas, sino de minutos, tendremos la información deseada. Una vez comprobada,
o no, la credibilidad y honestidad del susodicho cliente, podemos empezar la
traducción u olvidarnos por completo del asunto.
En caso de clientes nuevos totalmente
desconocidos, un pequeño contrato en el que se estipulen las condiciones,
métodos de pago y demás detalles, nos dará cierta tranquilidad. Para mayor
seguridad, conviene también solicitar el pago adelantado de un porcentaje
del total presupuestado. El pago con tarjeta de crédito facilita y agiliza
este tipo de transacciones.
Si el cliente nuevo y desconocido es una
agencia de traducción, se puede buscar el nombre de la misma o de su
presidente en la guía de la A.T.A. Esto no es una garantía de que nos
pagarán, pero al menos podremos comprobar si el cliente y la empresa existen
realmente. Un paseo por la Internet para ver si la empresa tiene un sitio
Web y recabar información sobre la misma resulta también útil.
Volviendo a la historia del Sr. E. N. Migo,
me llamó al día siguiente, sin orden de compra y habiendo yo recabado la
información necesaria. La conversación final tuvo un toque casi cómico:
−Estoy esperando la traducción que me debía
entregar ayer…
−Hay un pequeño inconveniente, la
traducción está terminada pero he decidido no enviársela.
−…
−Resulta −continua el traductor, impasible−
que me he tomado la molestia de averiguar sus referencias y la verdad, mire
E. N. Migo, no lo tome a mal, pero parece que usted es un estafador que les
debe dinero a varios traductores.
−¿Varios? ¡Calumnias! −despotrica el
acusado. Sólo les debo dinero a tres traductores desde octubre del año
pasado y esos fueron especiales…
El problema no es sólo no perder dinero,
sino no perder la paciencia, ni el tiempo, ni la energía con este tipo de
situaciones que, más que improductivas, nos pueden resultar bastante caras.
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